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Recuerdos de otro fútbol II

En 1987 pisé por primera vez El Molinón. Ese mismo año, en una España que no hacía tanto que había abandonado el blanco y negro, Sabrina dejó a los españoles boquiabiertos y pegados a la pantalla del televisor tras enseñar una teta en el programa de fin de año. En mi casa ese acontecimiento tuvo más relevancia aún si cabe, ya que en lugar de verse tan sólo se intuyó.

La vieja Zenit, cuyo mando a distancia la mayor parte de las veces era yo, tenía una ruidosa ruleta para cambiar de canal y un inservible botón amarillo que hundiéndolo y girándolo conseguía mayor definición. Aquel día caprichosamente una ola de interferencias cubrió la emisión en el momento culmen en el que la “cantante” italiana mostró su seno, lo que le costó la jubilación al vetusto televisor.

Ese año también vio nacer a Leo Messi, en Europa reinaba el Oporto de Paolo Futre y en España triunfaban Duncan Dhu, Sabina y Gabinete Caligari.

En Gijón, la temporada 86/87 vino marcada por la despedida de nuestro Quini. “El brujo” a sus treinta y siete años colgaba las botas regalándonos sus últimos dieciséis partidos. Poco recuerdo de aquella liga, pero no olvido la mirada de mi padre diciéndome: “Va a salir El brujo” al verlo calentar por la banda. En esa mirada se podía ver un brillo orgulloso y estoy seguro de que pensaba: “Mi hijo va a ver a Quini”. Tampoco se me olvidan los comentarios despectivos a mi alrededor, tales como: “Está acabado” o “tendría que estar retirado”. Pese a ser una época en la que ya nos había regalado sus mejores años, aún pude oir sin tanta convicción como antaño el grito de: “Ahora, Quini, ahora” en algún corner, acompañado como no de murmullos pesimistas como: “Este que va a meter”.

Poco importa que no le viera marcar y que apenas lo recuerde. Lo verdaderamente importante es que yo fui uno de los privilegiados que vio a Quini pisar el césped de El Molinón.

Si, en mi memoria sólo permanecen pinceladas de aquel delantero que quería ser portero como su padre y su hermano. Por el contrario recuerdo con total nitidez en mis primeros años, a un joven con síndrome de down, que en los instantes antes de que empezaran los partidos, como si fuera un torero que recoge los aplausos mientras da la vuelta al ruedo tras cortar dos orejas, corría toda la banda de El Molinón saludando a la afición mientras esta le aplaudía.

Aquella cara de felicidad absoluta aún la tengo en la memoria. Mi padre si no me equivoco, me dijo que se llamaba Pedrito. Pedrito era el hombre más feliz del mundo y su momento cumbre era cuando al finalizar el entrenamiento, antes de retirarse el Sporting a los vestuarios, le lanzaba un penalti a Ablanedo. “El gatu” una vez conocida su intención, se lanzaba al lado contrario. El goleador celebraba el tanto brazos en alto y dando saltos,  mientras el estadio le aplaudía en una de las imágenes más bellas de mi infancia.

La siguiente temporada la 87/88 se produjo el histórico partido contra el Milán, en el que el Sporting ganó al todopoderoso conjunto italiano de Gullit y Van Vasten. Esta gesta, que fue posible gracias al gol de Jaime, es de sobra conocida por casi todos, pero quizás esto no lo sepa o no se acuerde todo el mundo.

A ese Milán - Sporting yo no pude asistir, quizás por la hora, por la aglomeración de gente o porque a mi padre le apetecía más disfrutar del fútbol que estar pendiente de mi. Aunque no estuve allí, de tantas veces como escuché la historia es como si la hubiera vivido y es que hubo una época que mi padre contaba casi tantas veces que había visto a Berlusconi como sus batallitas de la “mili” en Canarias.

En septiembre de 1987 desembarco en Gijón el potente conjunto italiano, pero no lo hacía sólo. Venía acompañado por algo que en España todavía no era muy conocido: los tifosi. Según mi padre era tal el bochornoso espectáculo montado por los ultras que arrancaban asientos y vallas publicitarias para lanzarlas al campo y contra la afición local, llegando la situación a tal punto que el propio Silvio Berlusconi, con su característico abrigo de tres cuartos, tuvo que bajar en el descanso al césped, dialogar con los cabecillas y poner paz, como siempre en este precario equilibrio y permisividad que se tiene con los radicales. La intervención del futuro político consiguió lo deseado y la segunda parte se desarrolló con normalidad.

Una vez finalizado el encuentro mi padre siempre cuenta que la suerte estuvo de su parte haciendo que un grifo arrancado de los baños de El Molinón y lanzado por los tifosi desde el autobús que los conducía al aeropuerto, pasara cerca de su cabeza sin llegar a impactarle en la Avenida de Castilla.

En esta década final de los 80 mi asistencia al fútbol no fue muy regular, pues mi padre me llevaba sólo a los partidos que él entendía que íbamos a ganar, para que cogiera afición. No recuerdo ver nunca perder al Sporting. No sé si fue por sus facultades adivinatorias o porque en aquella época el Sporting, en El Molinón, no tenía rival. Lo que es seguro... es que la afición jamás la perdí.


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